Segundo Grado • Compañero Masón

El Libre Albedrío del Compañero

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El Libre Albedrío del Compañero masón es su facultad de elegir conscientemente entre el bien y el mal. Ejercerlo con rectitud forja el carácter y la responsabilidad moral que exige la Orden.

El Compañero recibe, al alcanzar el segundo grado, una dignidad que no es meramente honorífica sino ontológica: la edad de la razón, en la cual deja de conducirse por la obediencia ciega del Aprendiz para ejercer, con plena lucidez, la prerrogativa de elegir. El libre albedrío es, en la tradición de nuestra Orden, la facultad sagrada que distingue al iniciado que piensa del que simplemente ejecuta; es la capacidad de discernir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo aparente, entre lo útil y lo superfluo, no por imposición externa, sino por la luz interior que él mismo ha encendido mediante el estudio y la reflexión. Quien no elige, en realidad no vive como hombre libre: se limita a seguir la corriente de los impulsos, de las pasiones o de la opinión ajena, y confunde la libertad con la licencia o con el capricho. Por ello, el Compañero es aquel que asume, con ánimo sereno y firme, el gobierno de su propia voluntad, comprendiendo que cada decisión es un trazo más en la arquitectura invisible de su carácter.

Pero el libre albedrío, lejos de ser un don abstracto, lleva aparejada una responsabilidad moral que el masón no puede eludir sin renegar de su propio grado. Elegir implica responder: por cada palabra pronunciada, por cada obra emprendida, por cada silencio consentido, el Compañero habrá de dar cuenta ante su conciencia, ante sus hermanos y ante esa idea del Gran Arquitecto que preside la simbólica de toda Logia. La plomada, la escuadra y el nivel que penden de su collar no son emblemas vanos, sino recordatorios permanentes de que sus pensamientos deben ser rectos, sus acciones justas y sus afectos mesurados; son los instrumentos con los cuales ha de verificar, instante tras instante, si lo elegido se ajusta al orden moral que libremente ha abrazado. Esta verificación constante exige cultivo: el estudio de las ciencias, de las artes y de la filosofía no es un pasatiempo intelectual del Compañero, sino la disciplina necesaria para que su libertad no degenere en ignorancia soberbia ni en arbitrariedad disfrazada de autonomía.

En consecuencia, el libre albedrío del Compañero se ejerce verdadera y dignamente cuando se orienta hacia la propia perfección y hacia el servicio de la humanidad, pues fuera de ese horizonte la libertad se convierte en desierto estéril o en tormenta destructiva. El masón que conoce su libertad y asume su responsabilidad comprende que no está solo al elegir: forma parte de una cadena de hermanos, de una tradición venerable y de un orden cósmico al cual debe ajustar, con humildad y firmeza, sus resoluciones personales. Así, la elección consciente deja de ser un acto aislado para transformarse en un acto constructivo, un golpe de cincel sobre la piedra bruta que el Compañero se ha propuesto pulir hasta convertirla en cúbica y apta para el edificio. Esa es, en definitiva, la lección filosófica del segundo grado: que ser libre no es hacer cuanto se quiera, sino querer cuanto dignifique al hombre, lo acerque a sus hermanos y lo haga digno, en conciencia, de sentarse entre columnas como Compañero que ya piensa, elige y obra por sí mismo, a la luz de su razón y bajo la protección del orden eterno.

Lectura complementaria

La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.

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