La Tolerancia Iniciática constituye uno de los pilares más luminosos y, a la par, más exigentes de nuestra Tradición, pues no se reduce a la mera condescendencia pasajera ante lo diverso, sino que se eleva hasta la categoría de virtud actively cultivada por el iniciado que ha comprendido la vastedad del camino y la limitación inherente a todo juicio humano. En la Augusta Orden, donde el altar del pensamiento se alimenta del libre examen como única fuente legítima de conocimiento, aceptar que cada hermano o profano sostiene sus convicciones desde trayectorias, experiencias y luces distintas es el primer reconocimiento de que la Verdad absoluta no es propiedad de ningún templo, de ninguna escuela, ni de ningún siglo. Esta disposición interior, que podríamos denominar la hospitalidad del espíritu, exige del masón el abandono de todo dogmatismo,_recordando que quien pretende haber agotado la sabiduría se condena irremediablemente a la esterilidad intelectual y moral.
Esta virtud se ejercita en el cotidiano acontecer de la logia y fuera de ella, cuando el iniciado aprende a escuchar antes que a disertar, a ponderar antes que a refutar y a discernir antes que a condenar, pues sabe que toda idea, por extraña o incómoda que parezca, contiene potencialmente un fragmento de aquel rayo de luz que andamos buscando con antorcha propia en la noche del mundo. El respeto irrestricto al libre examen de ideas y opiniones ajenas no implica la aprobación acrítica de cuanto se nos presente, sino algo mucho más delicado y mucho más digno: implica reconocer en el otro a un igual en la búsqueda, a un hermano en la peregrinación hacia el conocimiento, concediéndole el mismo derecho que reclamamos para nosotros mismos de avanzar, equivocarnos, rectificar y proseguir. De este modo, la tolerancia se convierte en el crisol donde se templa la fraternidad verdadera, aquella que no se funda en la uniformidad del pensamiento, sino en la común voluntad de indagar con rectitud y con humildad.
Llevada a su más alta expresión, la Tolerancia Iniciática deja de ser un acto singular de cortesía para transformarse en una forma de vida, en una pedagogía permanente del carácter y en una contribución discreta pero decisiva a la convivencia humana. Quien la practica con sinceridad no solo ennoblece su propio espíritu, sino que siembra en su derredor un clima de serenidad reflexiva donde las diferencias dejan de ser motivo de desencuentro y pasan a ser ocasión de enriquecimiento mutuo. Así entendida, la tolerancia masónica no es debilidad ni indiferencia, sino fortaleza serena, sabiduría operativa y homenaje rendido a aquella Dignidad del Hombre que nuestra Orden proclama desde sus primeros grados, recordando a cada uno de nosotros que, mientras respete en el otro la facultad de pensar por sí mismo, jamás estará solo en el camino hacia la Luz.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
EXPLORAR BIBLIOTECA →