La tradición masónica suele hablar de cierta forma de inmortalidad que no se confunde con la perpetuidad del cuerpo ni con la promesa de una supervivencia ultraterrena, sino con la huella indeleble que el hombre recto deja en la conciencia de quienes lo conocieron. Se trata de un mito en el sentido noble del término, es decir, de una verdad que sólo puede expresarse mediante imágenes y símbolos, y que sin embargo designa algo muy real: la continuidad del ejemplo moral más allá de la disolución física del individuo. Cuando un Masón desaparece de entre sus hermanos, no desaparece con él la enseñanza que encarnó, porque esa enseñanza ha sido ya asimilada por quienes recibieron su palabra, su conducta y su magisterio silencioso. Así, la muerte del hombre se convierte en el nacimiento definitivo de su influencia, que ya no depende de su presencia material para seguir obrando en el mundo.
Esta inmortalidad simbólica se construye día a día en el Taller mediante el ejercicio paciente de las virtudes que la Orden reconoce como pilares de su ética: la prudencia en el consejo, la fortaleza frente a la adversidad, la templanza en el juicio y la justicia en el trato con los demás. Cada vez que un hermano actúa conforme a estos principios, está depositando una semilla en el terreno común de la memoria colectiva, semilla que fructificará mucho después de que su autor haya cerrado los ojos. El ejemplo moral, a diferencia del ejemplo meramente intelectual, posee la rara virtud de transmitirse por ósmosis, sin necesidad de fórmulas ni de textos, pues se graba en la sensibilidad de quienes lo observan y se reproduce luego, de manera casi espontánea, en las decisiones de otros. De este modo, la cadena de las generaciones masónicas no se rompe con el óbito de ninguno de sus eslabones, sino que se fortalece, porque cada vida bien ordenada añade un tramo nuevo al puente tendido entre los que fueron, los que son y los que serán.
Comprender el mito de la inmortalidad masónica equivale, por tanto, a comprender la responsabilidad que contrae todo iniciado al atravesar el umbral del Templo: la de hacerse digno de ser recordado no por sus honores ni por sus dichos, sino por la calidad humana de sus obras y por la huella luminosa que deja en sus hermanos. En una época inclinada con frecuencia a lo efímero y a la prisa, esta noción clásica de una supervivencia lograda mediante la virtud resulta particularmente necesaria, pues recuerda que la verdadera grandeza no se mide por la duración del pulso, sino por la extensión del bien que continúa realizándose después de nosotros. Mientras alguien, en algún rincón del mundo, actúe con mayor nobleza porque en su juventud escuchó la voz serena de un Maestro ya desaparecido, ese Maestro seguirá vivo en el único sentido que la Masonería reconoce como verdadero. He aquí, expresado en lenguaje simbólico, el contenido profundo de su mito más alto: que el hombre bueno nunca muere del todo, mientras quede un solo corazón capaz de imitar su ejemplo.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
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