La Palabra de Pase del Maestro constituye, dentro de nuestra venerable Tradición, uno de losDepositivos más elevados y significativos que el iniciado recibe al culminar el largo camino de su perfeccionamiento simbólico. No se trata de un signo meramente convencional destinado a garantir el reconocimiento entre los miembros de la Orden, sino de una fórmula sustancial que condensa, en su brevedad, la totalidad de la sabiduría adquirida a lo largo de los grados precedentes. El Maestro, al hacerla suya, no pronuncia un sonido vacío, sino que reactualiza una promesa y un compromiso con los principios que han guiado a los constructores de todas las edades: la búsqueda de la verdad, la veneración por lo justo y el esfuerzo constante por elevar la materia bruta hacia formas dignas del espíritu que la anima.
En su dimensión filosófica más profunda, esta Palabra representa la maestría conquistada sobre la materia, entendida esta no solo como la sustancia del mundo físico, sino como todo aquello que en el ser humano se resiste aún a la acción formadora de la razón y la virtud. Al igual que el Gran Arquitecto del Universo dispone y ordena la totalidad de la creación según leyes inmutables de armonía y proporción, el Maestro Masón queda investido de una autoridad análoga, pero limitada, sobre el mundo que le ha sido confiado. La piedra cúbica, el cincel y el mallete son emblemas de un trabajo interior por el cual las pasiones desordenadas, las inclinaciones egoístas y los apetitos más groseros son paulatinamente desbastados, tallados y pulidos, hasta convertirse en el material noble con que se edifica el templo interior. Pronunciar la Palabra de Pase equivale, por tanto, a declarar que se ha alcanzado el dominio sobre uno mismo, condición indispensable para ejercer cualquier legítimo dominio sobre lo externo.
Pero esta soberanía sobre la materia no es jamás, en la genuina comprensión masónica, una prerrogativa del orgullo ni una licencia para el abuso. Por el contrario, ella implica una responsabilidad tanto más grave cuanto más elevado es el rango del que la ostenta, pues quien ha aprendido a domeñar lo informe y oscuro lleva consigo el deber de poner su maestría al servicio del bien común. El Maestro verdadero no gobierna para sí mismo, ni retiene el conocimiento como patrimonio exclusivo, sino que lo transmite, lo comparte y lo aplica en la construcción de una sociedad más justa, más luminosa y más fraternal. Así entendida, la Palabra de Pase se convierte en un recordatorio permanente de que la verdadera nobleza no consiste en dominar a los demás, sino en haberse vencido a sí mismo, y de que solo merece llamarse Maestro aquel que, habiendo sometido la materia de su propio ser a la ley de la sabiduría, trabaja sin descanso para que la luz del entendimiento alcance a todos sus hermanos.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
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