Entre las herramientas que el Maestro recibe en su taller simbólico, el lápiz ocupa un lugar eminente, pues es el instrumento con el cual el pensamiento toma forma visible y se convierte en diseño antes de convertirse en obra. Si el cincel arranca el exceso y modela la piedra bruta, el lápiz delinea primero la figura que la piedra habrá de encarnar; del mismo modo, antes de edificar el templo interior, el hombre debe trazar en su espíritu el plano de sus virtudes, de sus deberes y de sus aspiraciones. El lápiz enseña al Maestro que toda obra durable comienza por una idea clara y que ninguna acción moral es recta si antes no ha sido pensada, escrita en la conciencia y sometida al examen sereno de la razón. Trazar un plano no es aún construir, pero sin el plano la construcción sería ciega y arbitraria; así, esta herramienta fija las líneas del deber y permite que la voluntad proceda con método y dignidad. En este sentido, el lápiz se asocia a la memoria y a la voluntad: recuerda al Maestro que debe formular sus propósitos y dejar constancia interior de ellos, para que la obra moral no nazca del capricho, sino de un designio deliberado y justo.
A la par del lápiz, la cuerda —también llamada cordel de doce, de veinticuatro o de sesenta nudos según las tradiciones del arte— representa la medida que el Maestro aplica a sus propias acciones, a fin de que ninguna se aparte de la rectitud. Tender la cuerda entre dos puntos es trazar la línea justa del deber entre el hombre y su prójimo, entre la intención y el efecto, entre lo que se piensa y lo que se ejecuta; de ahí que este instrumento sea símbolo de equidad, porque mide por igual lo grande y lo pequeño, lo propio y lo ajeno. La cuerda enseña al Maestro que la justicia no es un sentimiento, sino una operación: comparar, medir y dar a cada parte lo que le corresponde, ni más ni menos, dentro del orden universal. Cuando el aprendiz la contempla, aprende también que su conducta debe estar tensada entre dos polos firmes —lo ideal del espíritu y lo concreto de la acción— sin comba ni holgura, pues una línea torcida no sirve para alzar muros que pretendan perdurar. Así, donde el lápiz fija el diseño, la cuerda lo rectifica y lo proporciona, recordando que toda obra bien trazada debe ser, antes que bella, justa y mesurada.
Cierra el conjunto de estas tres herramientas el compás, cuyas piernas desiguales unen lo eterno y lo humano en un mismo trazo, pues una de sus puntas permanece fija en el centro de la Razón y la otra describe el círculo de la conducta posible. El compás enseña al Maestro a delimitar su propio perímetro moral: hasta dónde alcanza su deber, dónde comienza el del otro y cuál es la extensión razonable de sus palabras, de sus obras y de sus silencios. Trazando un círculo, el artífice del templo interior sabe que toda virtud tiene su medida y todo vicio su frontera, y que vivir virtuosamente consiste en mantenerse dentro del círculo trazado por la razón esclarecida y la conciencia serena. Cuando el compás se cierra y sus piernas se juntan, recuerda también que el sabio es aquel que sabe reducir su esfera a sus justos límites, renunciando a invadir la de sus hermanos para mantener la armonía del conjunto; pero cuando se abre, muestra que el espíritu ha de abarcar la totalidad de la creación, trazando, con una sola mano, el proyecto del orden universal. Así, lápiz, cuerda y compás no son ya tres útiles sueltos, sino los elementos de una sola ciencia moral: pensar rectamente, medir con justicia y delimitar con prudencia, para que del diseño invisible nazca, con el tiempo, el templo digno que cada Maestro lleva dentro de sí.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
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