El Compás y la Regla, considerados en su sentido más elevado, no son solamente atributos que el iniciado ostenta o deposita sobre el ara, sino las dos imágenes inseparables de una sola verdad filosófica: aquella que nos enseña que el espíritu y la conducta han de marchar siempre concertadamente, como en un mismo compás y bajo una misma línea. El primero, con sus piernas abiertas hacia lo alto y su punta fija en el centro, representa el impulso natural de la mente espiritual hacia lo invisible, hacia la búsqueda del principio y de la causa, hacia esa región donde la inteligencia se reconoce partícipe de algo que la trasciende; mide el alcance de nuestras facultades y, al hacerlo, pone coto a las veleidades del entendimiento orgulloso, recordándole que hasta el pensamiento más elevado debe sujetarse a una prudente mesura. La Regla, en cambio, con su trazo firme e igual, encarna la norma moral objetiva, el criterio universal de lo recto, esa ley no escrita pero inmutable que permite al hombre distinguir lo justo de lo injusto, lo decoroso de lo indigno, y aplicarse a sí mismo una medida que no dependa del capricho ni de la conveniencia.
Equilibrar estas dos potencias constituye, pues, el arte fundamental que la Orden propone a cuantos llaman a sus puertas, pues cuando el Compás opera sin la compañía de la Regla, el alma se entrega a ensoñaciones peligrosas, a espiritualismos desarreglados o a una libertad interior que, desprovista de disciplina, degenera en soberbia o en extravío; y cuando, por el contrario, la Regla impera sin el soplo vivificador del Compás, lo que queda es un conformismo frío, una moral de observancia externa incapaz de conmover ni de ilustrar, una geometría sin espíritu que reduce la virtud a receta y la dignidad a etiqueta. Sólo cuando ambas fuerzas se compenetran, cuando el vuelo del pensamiento se pliega dócilmente a la lealtad de la conducta y la rectitud del obrar se ilumina con la luz de la meditación interior, alcanza el iniciado aquella serenidad armónica que los antiguos llamaron rectitud, y que no es sino el acuerdo perfecto entre lo que se concibe, lo que se siente y lo que se ejecuta.
Cultivar diariamente este equilibrio es, en consecuencia, la tarea permanente del aprendiz, del compañero y del maestro, porque en cada jornada el Compás ha de abrirse lo bastante para abarcar las verdades nobles del espíritu y cerrarse lo bastante para no romper los límites de la prudencia, en tanto que la Regla ha de pasarse una y otra vez por las palabras, por los juicios y por las obras, a fin de comprobar que ninguna se tuerce hacia la mentira, hacia la injuria o hacia la indolencia. Así formado, el masón se hace ciudadano de dos ciudades que no se contradicen, sino que se fecundan mutuamente: la ciudad invisible de los principios y la ciudad visible de los hombres, aquella donde moran las ideas eternas y esta donde tales ideas deben encarnarse en tolerancia ilustrada, en ciencia generosa y en fraternidad efectiva. Entonces el Compás y la Regla dejan de ser emblemas colgados del pecho para convertirse en la arquitectura interior del hombre libre y de buenas costumbres, y el iniciado comprende al fin que pensar sin norma es delirio, que normar sin pensamiento es tiranía, y que sólo en la alianza serena de ambos nace la dignidad verdadera.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
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