Segundo Grado • Compañero Masón

La Música y la Astronomía

Volver a EstudiosCÁMARA DE INSTRUCCIÓN
Explora cómo la música y la astronomía revelan la armonía de las esferas en la masonería. Las proporciones matemáticas sagradas conectan las artes con el orden cósmico universal.

Desde la más remota antigüedad, los hombres de saber han contemplado el firmamento como un instrumento de inagotable sinfonía, y han escuchado en el silencio de las noches claras un rumor armónico que parece brotar de la distancia incommensurable de los astros. Pitágoras y sus discípulos fueron quienes primero articularon esta intuición en doctrina, al percibir que los cuerpos celestes, al moverse en sus órbitas con regularidad matemática, producían sonidos proporcionales a la magnitud de sus revoluciones, dando así lugar a la célebre música de las esferas, melodía inaudible para los oídos vulgares pero accesible a la razón del filósofo. Esta concordia originaria entre los números del sonido y los números del cielo revela que el universo no es caos ni accidente, sino una obra templada con regla y compás, en donde todo cuanto vibra, desde la cuerda tensa hasta el astro errante, obedece a la misma ley de proporción que el artesano aplica cuando construye y el sabio cuando piensa.

La proporción matemática, verdadero lenguaje compartido por la música y la astronomía, demuestra que las artes más nobles y los movimientos más excelsos del cosmos se rigen por razones numéricas simples y armónicas, tales como la duplica, la sesquiáltera y la sesquitercia, que engendran los intervalos del diapente, del diatesarón y del diapason. Así, el intervalo de octava, nacido de la razón uno a dos, se corresponde con el círculo máximo del cielo; el de quinta, nacido de la razón dos a tres, con el movimiento del planeta que más noblemente recorre su esfera; y el de cuarta, nacido de la razón tres a cuatro, con la distancia armónica que separa los cuerpos intermedios. Platón recogió esta doctrina en el Timeo, y de ella se nutrió todo el pensamiento medieval, cuando el quadrivium —aritmética, geometría, música y astronomía— ofreció al entendimiento humano las cuatro vías necesarias para remontarse desde la materia sensible hasta la contemplación de la verdad inteligible, mostrando que el orden de los sonidos y el orden de las estrellas eran dos expresiones paralelas de un único orden divino.

Para el masón que se consagra al estudio de las ciencias liberales, esta antigua alianza entre la música y la astronomía no constituye una curiosidad erudita sino un principio rector de su propia formación interior, pues le enseña que la logia es imagen reducida del universo, y que el taller, con su Oriente luminoso, sus columnas firmes y sus circulaciones ritmicas, debe resonar como un instrumento bien templado donde cada oficial cumpla su función con la oportunidad y la medida que el acorde requiere. Cuando el Aprendiz afina suavemente las facultades del alma mediante el estudio de la proporción, aprende que la armonía no es fruto del desorden ni del capricho, sino resultado necesario de la obediencia a la regla, y que así como el astrónomo predice los retornos de los astros por el cálculo, así también el iniciado puede predecir la plenitud de su obra por la observancia del método. Meditar sobre esta correspondencia entre la esfera sonora y la esfera celeste es, en definitiva, disponerse a escuchar con el entendimiento aquello que los ojos no perciben pero que sostiene la trama entera de la creación, y a convertir la propia vida en una nota bien colocada dentro del concierto universal, donde la razón preside, la proporción gobierna y la concordia asegura la eterna persistencia de la obra.

Lectura complementaria

La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.

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