Segundo Grado • Compañero Masón

La Moral Social del Compañero

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La Moral Social del Compañero masón revela el deber ético de construir una sociedad justa y equitativa. A través del librepensamiento, el Compañero asume su responsabilidad moral con la humanidad, fortaleciendo los valores de la francmasonería universal.

La Moral Social del Compañero constituye, en la tradición de nuestra Orden, el tránsito necesario de la virtud privada hacia la responsabilidad pública. Si en el Grado de Aprendiz el masón se afanaba por desbastar la piedra bruta de sus propias inclinaciones, en el Grado de Compañero descubre que ese trabajo interior sólo adquiere verdadero sentido cuando se proyecta sobre el taller común de la humanidad. La ética deja entonces de ser un ejercicio solaz de perfeccionamiento individual para convertirse en un deber activo hacia la sociedad de la que formamos parte. El Compañero no se contempla a sí mismo como un fin aislado, sino como un fragmento consciente del gran edificio social, consciente de que sus luces y sus sombras se reflejan inevitablemente en el rostro de sus hermanos y conciudadanos. Esta conciencia del vínculo que nos une a todos los hombres constituye, por ello, el primer mandamiento tácito de una moral que ya no se contenta con el silencio del claustro, sino que exige hacerse oír en la plaza.

La justicia social ocupa, en este orden de consideraciones, un lugar axial e inseparable del carácter del Compañero. No hablamos aquí de la justicia como atributo punitivo del Estado ni como fría equivalencia de méritos, sino de aquella disposición interior que nos inclina a reconocer en cada ser humano una dignidad irreductible, anterior a toda ley escrita y a toda conveniencia coyuntural. El masón maduro sabe que ninguna civilización se sostiene sobre la opresión habitual de los débiles, ni sobre el privilegio inmutable de los fuertes, sino sobre el equilibrio dinámico que concede a cada cual lo que le es debido según su esfuerzo, su necesidad y su condición. Combatir la tiranía, denunciar la arbitrariedad, socorrer al desvalido sin alarde y exigir para todos el mismo respeto que reclamamos para nosotros mismos: he aquí las cuatro esquinas de esa justicia social que, sin estridencias dogmáticas, define el temple ético del Compañero. Quien la ejerce entiende que la verdadera nobleza no consiste en mandar, sino en servir con rectitud al conjunto.

Finalmente, la Moral Social del Compañero se corona con el ejercicio sereno y constante del librepensamiento, atributo distintivo del masón que no abdica jamás de su razón ante ningún poder temporal ni ante ninguna autoridad infalible. Pensar libremente no equivale, como a veces se cree, a disentir por sistema o a proclamar la propia opinión como dogma inverso; equivale, más bien, a someter toda creencia al tribunal sereno de la evidencia, de la argumentación y de la experiencia compartida. El Compañero que piensa con libertad rechaza por igual el fanatismo que dogmatiza y la indolencia que consiente, pues sabe que tanto el rigor dogmático como la tibieza moral traicionan igualmente los fines de la Orden. Esta actitud exige tolerancia activa hacia quien disiente, escucha paciente hacia quien expone y firmeza humilde hacia quien yerra, sin que la búsqueda de la verdad se convierta jamás en pretexto para imponerla. Así entendido, el librepensamiento masónico no es una licencia individual, sino un deber social: el de devolver al mundo, trabajado por nuestro estudio y ennoblecido por nuestra conducta, un pensamiento más justo, más digno y más humano.

Lectura complementaria

La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.

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