El estudio de las Ciencias Naturales constituye, dentro de la tradición filosófica de nuestra Orden, una de las vías más elevadas mediante las cuales el hombre puede aproximarse a la contemplación de la obra del Gran Arquitecto del Universo. Al observar las leyes que rigen el movimiento de los astros, la estructura de la materia, la transformación de los elementos y la prodigiosa diversidad de los seres vivos, el iniciado no hace otra cosa que recorrer con mirada atenta los vastos salones de un templo sin muros, donde cada fenómeno se ofrece como una lección de orden, de medida y de armonía. Las ciencias naturales nos enseñan que la naturaleza no es un caos indiferente, sino un sistema gobernado por principios constantes, inteligibles y universales, cuya sola existencia ya constituye una invitación a la admiración y al estudio reverente.
Quien se dedica con espíritu sereno al examen de las leyes físicas descubre en ellas una arquitectura tan rigurosa como la que sostiene las columnas de nuestro propio Templo. La matemática describe el lenguaje con que el cosmos ha sido escrito; la física desentraña las relaciones de causa y efecto que articulan los fenómenos; la química revela las combinaciones sutiles mediante las cuales las sustancias se transforman unas en otras, y la biología muestra la admirable continuidad de la vida, que desde las formas más simples asciende hasta las manifestaciones más complejas de la organización natural. Todos estos saberes, lejos de oponerse a la reflexión filosófica, la alimentan y la completan, pues nos permiten comprender que detrás de cada ley observada se esconde una Inteligencia ordenadora, a la cual la tradición masónica reconoce con el nombre simbólico de Gran Arquitecto, sin pretender definir lo que por su propia naturaleza pertenece al misterio.
Sin embargo, el verdadero masón no cultiva las ciencias naturales con el ánimo vanidoso de quien tan solo busca dominar la materia, sino con la disposición humilde de quien sabe que todo conocimiento auténtico lleva consigo una responsabilidad moral. Investigar la naturaleza es aprender a respetar sus equilibrios, y conocer sus fuerzas es comprender la obligación de ponerlas al servicio del bien común, del progreso digno de la humanidad y de la conservación del mundo que nos ha sido confiado. De este modo, las Ciencias Naturales dejan de ser un simple repertorio de datos para convertirse en una escuela de virtudes, donde la paciencia del observador, la honestidad del razonamiento y la prudencia del juicio se forjan al contacto con la realidad objetiva. Así entendida, la investigación de las leyes del universo se transforma en un acto de culto laico, una ofrenda intelectual dirigida al Arquitecto Supremo, y un medio poderoso para que el hombre, esclarecido por la razón y templado por la fraternidad, cumpla en la tierra la parte de labor que le corresponde dentro del gran diseño.
Lectura complementaria
La Biblioteca de Sueños reúne guías editoriales sobre memoria, símbolos y reflexión personal.
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